Guía de Viena

Raymonda

Si tuviésemos que elegir una obra que definiese a Rudolf Nuréyev, tendría que ser Raymonda. Desde su papel de caballero en el tercer acto del ballet en 1959, en su primera temporada como bailarín profesional, hasta su nada menos que quinta coreografía para esta partitura en 1983, siendo el director del Ballet de la Ópera de París, Raymonda recorre como un hilo dorado la ilustre carrera de este artista ruso.

Originalmente coreografiado por Marius Petipa para el Ballet Imperial Ruso, Raymonda fue estrenado en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo el 19 de enero de 1898. La historia, cuya acción se sitúa en la época de las Cruzadas, culmina en la confrontación entre dos culturas, cuando Jean de Brienne, el novio de Raymonda, se enfrenta en duelo a Abderakhman, guerrero sarraceno y secuestrador de la joven.

Siendo uno de los ballets más impresionantes y exóticos jamás representados, son muchos los maestros coreógrafos que no han podido resistirse a sus encantos; entre ellos, y anterior a Nuréyev, hay que destacar a Konstantin Sergeyev, cuya producción de 1948 para el Ballet Kirov estableció el modelo narrativo para todas las versiones posteriores.

Después de que las aguas se calmasen, tras su deserción de la antigua Unión Soviética, fue con Raymonda que Nuréyev dejó de estar a la sombra de Sir Frederick Ashton para convertirse en un coreógrafo por sí mismo. Su primera Raymonda, encargada para el Festival de los Dos Mundos de Spoleto, fue estrenada el 10 de julio de 1964 e interpretada por la compañía itinerante del Royal Ballet. El perfeccionismo legendario de Nuréyev le condujo a realizar otras tres coreografías para Raymonda, la primera con el Australian Ballet en 1965, la segunda con el Ballet de la Ópera de Zurich en 1972 y la tercera con el American Ballet Theatre en 1975, antes de dar con la versión definitiva, para la Ópera de París.

Menospreciando, y mucho, el tan utilizado hasta entonces mimo, pero el cual Nuréyev consideraba como un corsé que impedía expresar la narrativa y las emociones del ballet, el coreógrafo aporta una gran innovación en Raymonda, cuando decide transformar el papel de Abderakhman dando a dicho personaje su propia variación, así como, a través de todo su repertorio, reescribiendo el manual sobre lo que podría esperarse de los bailarines masculinos de sus compañías de ballet.

En medio de todos estos cambios, la constante es la gloriosa partitura de Alexander Glazunov. Nada más ni nada menos que el gran George Balanchine consideraba la música de Glazunov como una de las mejores jamás compuestas para el género; melodiosa, romántica e inequívocamente rusa. El público de la Ópera del Estado de Viena puede disfrutar ahora viendo y escuchando la concepción única de Nuréyev de Raymonda, tan a menudo reducida a su tercer acto, el cual incluye el famoso grand pas hongrois, pero representada en esta ocasión en su totalidad.